y el infierno más frío en vida
rehuyéndome en cada esquina, cada paso, cada mirada, cada segundo, cada vez más.
Cuando tus pupilas se dilatan,
crecen (por aquella bendita razón que me repetías hasta la saciedad cuando el inmenso mar me ahogaba),
y se me cierra el corazón
aún a riesgo de parecer masoquista.
Lo más sagrado del mundo,
todo lo que desciende y baja sobre ti,
para después posarse en mi hasta hacerme perder el sentido.
El momento en el que resbalas,
casi a ciegas por mi piel,
dejándola tan suave como el terciopelo.
(tranquilo, la suavidad sigue siendo uno de mis poderes)
Al final,
ya no sé que es racional
qué eres tú,
qué soy yo
o qué cojones somos nosotros. (y que miedo no saber si vienes, si vas, o si descarrilas.)
Brillando como estrellas,
y gritando.
Pero nadie puede vernos,
ni oírnos.
Les hemos cegado con nuestro brillo,
y ensordecido con nuestra voz.
Sabemos hacerlo mejor que nadie,
querernos y desterrarnos,
pero parece que eso no es suficiente,
Y si al final sólo somos tiempo encerrado,
permíteme, amor,
besarte,
y abrazarte,
y mirarte,
y todo cuanto suponga volver a creer en algo más que en un suicidio silencioso.
y todo cuanto suponga volver a creer en algo más que en un suicidio silencioso.